La capacidad de amar

Hace poco recibí un correo —no se bien de quién— que me trasladaba una cuestión que estaba encima del tapete de mi mesa largo tiempo. Quiero exponerlo aquí para que sirva de reflexión a todos aquellos que en algún momento han tenido alguna visión parecida, o quizá les suene familiar la temática. Merece la pena detenerse a leerlo y tratar de trasladarlo como meditación al momento presente. Decía así:

Después de varias experiencias vividas, he llegado a la conclusión de que la sociedad actual está en vías de perder el don más preciado recibido, una cualidad humana única: la capacidad de amar. Lo peor es que a la mayoría se nos ha dado la oportunidad de experimentarlo y no lo hemos hecho, o no lo hemos sabido hacer. Unas veces, debido a experiencias poco reconfortantes, y otras, negándonos a redescubrir algo innato de nuestra conciencia, tal vez por miedo a lo desconocido de sus efectos.

Es cierto que de alguna forma esa carencia viene de lejos. Somos herederos de un tiempo de guerras y postguerras, donde las emociones establecidas eran el sufrimiento y la muerte, que posteriormente se transformaron en odio y venganza. Donde lo más importante era la supervivencia. Un tiempo donde, en nuestro corazon, en nuestra conciencia, no hubo espacio para el amor. Nos lo habían arrebatado.

Aparecimos y nos desarrollamos ignorantes en medio de aquello. Una generación entera (para unos era la de los padres y para otros la de los abuelos) fue totalmente privada «a la fuerza» de ese sentimiento, que la mayoría de las veces había que esconder. En cambio, sus predecesores de principios del siglo pasado, sí que fueron grandes amantes. Nos han llegado muchas historias que lo demuestran.

Desde entonces venimos padecido las consecuencias de esa privación. La mayoría nacimos abriendo los ojos por primera vez en un mundo gélido y lleno de silencio, escatimado en besos y abrazos, cuando más falta hacen. Donde el amor era el gran ausente. Nuestros padres también nacieron así, muchos oyendo la explosión de las bombas a lo lejos.

Las principales consecuencias de la carencia afectiva en los niños de entonces —y todavía en muchos de ahora— era el miedo y la desconfianza. A nivel sicológico la falta de apego también podía producir rabia, frustración, vergüenza, inestabilidad, angustia, tristeza, desasosiego, etc. Nos tocó el paquete completo.

La mayoría de nuestros predecesores desconocían la capacidad de amar, su poder y sus efectos. Nadie les había explicado que esa emoción existía y, además, nunca la habían experimentado (las guerras producen eso). En muchas familias no había celebraciones de afecto, ni sabían que existía un ritual con velitas que había que soplar mientras se pedía un deseo, que se llamaba cumpleaños. A los padres se les trataba «de usted», alejados, como detrás de una máscara. Había que mantener las distancias. No se permitían confianzas de ningún tipo entre miembros de la familia.

Era una sociedad donde abundaban los internados, los hospicios, los reformatorios, los manicomios y las inclusas. Donde los niños eran separados por género (masculino por un lado y femenino por otro) y permanecían estabulados en instituciones donde profesores con perfiles autoritarios impartían las reglas del régimen: “a fuerza de palos”, tal cual, no era ninguna metáfora.

Afortunadamente aquellos tiempos terminaron (las nuevas generaciones son desconocedoras) y el pueblo acabó con la dictadura y recuperó las bondades de la democracia, dando por finalizada una etapa negra y encorsetada, para dar paso a otra de libertades. Donde se podían expresar libremente las emociones y los sentimientos. Una etapa, también, de respeto a la persona y a la libertad de conciencia. O eso parecía.

Si esperas una conclusión final, no la hay. Porque muchas personas, todavía hoy, siguen infectados de ese virus de indiferencia, frialdad y conveniencia. Solo les mueve el interés, el materialismo y el determinismo, al que se aferran con todas sus fuerzas mientras les conviene. Se mueven al paso de sus propios intereses. Siguen incapaces de dejar aflorar cualquier tipo de sentimiento, siguen incapaces de amar. Y así les va la vida, a ellos y a todos los suyos.

Si no eres así, como mucho, puedes sumarte a algunos —como mi amigo misterioso del correo— que trataron de recuperar el tiempo perdido a marchas forzadas. Sabían que, probablemente bastantes de ellos, se íban a quedar por el camino, pero se aseguraron que sus hijos lo tuvieran claro. Se preocuparon por desarrollar una enorme capacidad de amar. Ellos y sus hijos no iban a desarrollar más esa carencia. Se aseguraron y pagaron un alto precio sirviendo de ejemplo. Y lo hicieron, claro está.. por amor.

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

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