Duelo en el Jane’s Carousel

Laura no se caracterizaba precisamente por su puntualidad, pero cuando llevaba media hora esperándola, me empecé a preocupar. Su retraso me hizo pensar que algo no iba bien. Comprendí que el peligro era inminente y me necesitaba.

Mi regreso a La Gran Manzana, después de dos años de ausencia atravesando las siete dimensiones conocidas, balanceándome por el tiempo y el espacio como piloto de combate, tenía un único motivo: saber de primera mano que Lau estaba bien.

Empezaba a hacerme la cabeza un lío con tanto viaje en el tiempo, pero mi reloj Spiraltime, me puso al corriente: eran las 14:30 del 18 de abril de 2055.

El Café Cerberus, en pleno Ocean Hill, donde habíamos quedado, era el punto de encuentro de las bandas interétnicas de la zona. Todo tipo de marginados y antisistema se daban cita en sus inmediaciones, lo que lo hacía apropiado para un contacto alejado de los radares oficiales. Aquel tugurio era la antítesis del Hawthorne Grill de Pulp Fiction —pensé— al recordar que el perfil psicotrópico de los personajes de Tarantino eran temario obligatorio en la Escuela de Oficiales de la Federación.

Mientras hablaba con Laly —mejor amiga de Lau—, un tal Rascal, lugarteniente de los Skulls, llamó mi atención desde la calle con el ronroneo afónico de su Harley plateada en la que estaba subido. Ante la mirada de los curiosos de dentro y fuera, me hizo saber que Laura había sido raptada por su banda, y que la mantenían escondida en su guarida de Brooklyn Heigthts. Si la queríamos ver viva, su jefe, Rough, y todos sus esbirros, nos esperaban en la explanada del Jane’s Carousel a medianoche.

Jane’s Carousel

***

La primera vez fui yo quien dejó a Lau. Entre nosotros siempre ha habido una relación muy embrollada. Todavía llevo tatuado su nombre en la piel, pero está claro que Rough —como despechado primer novio— lo llevaba más interiorizado. Nunca nos perdonó que le pusiéramos los cuernos, como tampoco, que en el pasado le denunciara ante el Comité de Defensa por su traición en la batalla de la Puerta de Tannhaüser, donde nos dejó a merced de más de dos mil tauryanos y huyó cobardemente. Había esperado pacientemente para ejecutar su despiadada vendetta.

En juego, nuevamente Laura, siempre Laura.

***

Las noticias del secuestro fueron corriendo como la pólvora por la ciudad.

Muy pocos se animaron a brindarme ayuda, los Skulls eran una buena razón para no hacerlo. Solo Jeff Whiskers y Anita tuvieron las agallas necesarias para presentarse aquella tarde en el Café Cerberus. Jeff me conocía de mi época de guerrero dragón, habiéndonos corrido unas cuantas juntos, cruzando portales dimensionales. Por su parte, Anita, una corazón de diamante, mercenaria experta en códigos de activación de campos electromagnéticos, era una vieja conocida de la época de la escuela de pilotos. Por raro que parezca (está de muy buen ver), nunca se sintió atraída por mí, ni yo por ella.

Mientras esperábamos la hora de ponernos en marcha, acordada a las doce de la noche, nos dedicamos a apurar una botella de Macallan de doce años que Laly tenía guardada para momentos especiales. Mi mente se deslizó recordando la lasciva mirada de Laura en el balcón de su apartamento del Bronx la noche del 4 de julio, de hace dos años, tras los fuegos artificiales de Macy’s sobre el East River. Todo un espectáculo.

Brooklyn Bridge

***

Era noche cerrada cuando abandonamos Brownsville para dirigirnos al oeste de Brooklyn por la Atlantic Avenue, en un Chevrolet Chestfire blanco del 2025. El punto de encuentro fijado era el Jane’s Carousel, una reliquia antigua de un famoso tiovivo, con vistas estratégicas a los puentes de Brookyn y Manhattan.

A nuestra llegada, nos sorprendió la vista del Jane’s Carousel pasto de las llamas, iluminando la noche en el East River, con la silueta apocalíptica del puente de Brooklyn reflejada en sus aguas. Además de un gran círculo dibujado en el suelo, con la imagen de un pentagrama con dos puntas para arriba, de cuyos trazos, rociados con gasolina, salía fuego. Se habían trabajado la presentación.

Alrededor del círculo que formaba el pentáculo llameante, acompasados por sus fuertes rugidos, se encontraban todos los componentes de los Skulls, una cuarentena de asesinos armados hasta los dientes, peores que los Nazgul y sus bestias caídas. En el centro, en los espacios libres de llamas, estaba situado Rough, y a pocos pasos de él, Lau, custodiada por Rascal.

Mi mirada, con la rapidez de un fino laser, se topó rápidamente con los ojos de Lau, palpando su entereza, y también algo de resignación. La ira se apoderó de mí, pero supe dominarla a tiempo. No debí haberme ido. Debí permanecer a su lado y luchar, a pesar de que nos costara la vida.

Brooklyn Bridge

Pero, cuando peor estaban las cosas, sucedió algo desconcertante: un murmullo lejano de pisadas se fue acercando por detrás hasta donde nos encontrábamos. Eran decenas de sombras que se fueron transformando en cientos, e incluso un millar. El espectáculo dantesco del Jane’s Carousel ardiendo había generado un efecto de llamada sobre Brookyn. Sus habitantes, saliendo de sus casas en plena noche, empezaron a abarrotar toda la zona junto al Empire Fulton Ferry. Lo más curioso era que todos iban armados, y entre ellos se distinguían componentes de la extinta policía local y estatal. Otra curiosidad es que se situaron detrás nuestro y parecían estar de nuestra parte. Un imprevisto refuerzo que inclinaba la balanza a nuestro favor. Era obvio que también la gente de Brooklyn estaba hasta las narices de bandas como los Skulls.

Rough, palideció.

Rascal y sus huestes, presos de ira, miraron a su jefe esperando una respuesta contundente. Pero, ante su sorpresa, solo obtuvieron una mueca imperceptible y un ligero temblequeo de piernas.

Lo que aproveché para adelantarme, situándome frente a él. Pude observar la misma cara de pánico de años atrás en la batalla de la Puerta de Tannhaüser, adivinando su próxima reacción.

Al igual que en el pasado ante las oleadas tauryanas, Rough, lanzó una mirada desnortada al frente, dejó caer sus armas, y dando la vuelta a paso ligero salió corriendo, atravesando sus desconcertadas filas.

En ese mismo momento, Lau forcejeó soltándose del brazo de Rascal, que la sujetaba, y corrió hacia mí, mientras éste la observaba quieto y meditabundo.

Por fin, el lugarteniente de los Skulls, impotente, hizo una señal con el brazo de retirada a los suyos, mientras salía tras los pasos de su líder. La banda en pleno le siguió, bajo la burla y los abucheos de todos los presentes.

Los Skulls ya eran historia en el East River para algún tiempo.

A poco de despuntar el 19 de abril de 2055, al sur de La Ciudad que Nunca Duerme, frente al viejo puente de Brooklyn, Lau y yo tuvimos un prometedor beso de reconciliación.

Del duelo en el Jane’s Carousel, solo quedaban las brasas.

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

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