Bailando en Chalmun II

El silencio de la sala era electrizante. Sólo se oían los jadeos intermitentes de los dos adversarios que, como fieras enjauladas, se miraban fijamente lanzándose ráfagas de amargo odio, que iluminaban a intervalos la oscuridad de la pista principal de la discoteca Cary, convertida en despojo y destrucción tras la batalla de Zama, en los subsuelos del barrio de Ruzafa, en pleno centro de Valencia, a mediados de los años setenta. El resto de muertos vivientes, que aún permanecíamos de pie, nos encontrábamos a pocos metros, formando un tetagramatron o círculo mágico, como vasallos alrededor de su señor. Héridas, sangre, dolor, miedo, odio, ira, furor.. eran los ingredientes de la espada flamígera de los Arcángeles que, con la fuerza combinada de la serpiente de fuego y el poder de los siete chakras del Kundalini, se iban a desatar en aquel momento entre Javito de la banda de Torrefiel y El Negre de Monteolivete.

Fueron minutos, segundos, horas.. o todo transcurrió en un espacio atemporal, nadie lo sabe. Pero el brillo asesino de la muerte parecía haber sido invitado a la afrenta. En las manos de los contrincantes se destapó de imprevisto el reflejo furtivo de dos filos de navaja: el combate era a vida o muerte. El color rojo de la sangre debía manar con abundancia, como sacrificio a los dioses, en señal de homenaje o expiación. Todo parecía sacado de antiguas epopeyas, como la thysia de arcontes, el agua lustral de los boutopos, la makharia final y la bacanal de la splanchna. Era un ritual de guerra, a modo de sacrificio religioso, que conduce a las víctimas en solemne procesión al altar de Delos, donde van a ofrecer su vida en Las Sagradas Hecatombes de Génetor. Como bestias, tras una muerte honrosa, según la Ley Dídima, sus partes iban a ser expuestas y vendidas como trozos de carne por los magueiros en las tiendas del mercado del ágora.

Pero sucedió lo inesperado, se destapó un camino de colapso objetivo o decoherencia observable, entre millones de opciones señaladas en la paradoja del gato de Schrödinger. Mi mente eligió la más adecuada a aquel de superposición cuántica, que terminó cuando dos figuras, altamente descompensadas, iniciaron el descenso de la escalera del garito y aparecieron en escena. El mayor y más voluminoso de los dos, con vozarrón mecánico, tono empático y semblante apaciguador, atrajo la atención de todos con frases conciliadoras, armando un discurso diplomático cuya finalidad era interrumpir la gresca. Aquel gordo vejestorio sudoroso era Juan Barranco, apodado «Popeye», el gerente de la discoteca Cary, muy conocido en el ambiente de los bajos fondos portuarios. Algunos rumores le atribuían un pasado «maqui», como cabecilla de una banda de bandoleros-guerrilleros, que en la postguerra se dedicaban a asaltar propiedades estatales por el interior de Teruel y Castellón, refugiándose en lo más recóndito de las montañas del Maestrazgo. Las malas lenguas decían que tenía un «gen» dudoso. Nunca supe a qué se referían.

El otro personaje, más iracundo y chaparro, esmirriado, con semblante de colegial enjuto y mirada de marquesa de Perijáa, era Evaristo Eloy, alias el Pupas, cabo primero de la innombrable «Sección 26» de la Policía Municipal, los ‘Hombres de Harrelson’ de los 70, un cuerpo de élite recién creado para hacer frente al caballo de la heroína, que cabalgaba desbocado por el barrio del Carmen. En contraposición a Popeye, el currículum inicial de Eloy el Pupas, lo situaba en el Frente de Juventudes, la OJE, el antiguo CEU y la universidad de Derecho, donde llevaba cinco años matriculado en el primer curso. Su «papá», Conrado Eloy, apodado Torrente, había sido jefe de la policía local, lo que le aupó a dirigir, pese a no dar la talla mínima requerida, aquel cuerpo de seguridad encargado de vigilar la noche, cuya fama de «duro» le hizo ganar tantos adeptos como detractores, sobretodo durante los primeros años de la posterior democracia. Era un individuo sinuoso, desigual, taimado, foscoso y bastante siniestro.

Parecía que todos los ingredientes de la salsa ya estaban en el fuego, solo faltaba cocinar el caldero.. pero, no. Aún había que añadir el picante, la especia ultramarina, el polvo dorado de Oriente: Surgió de las sombras más recónditas, Ereshkigal, la diosa del inframundo en la mitología sumeria-acadia. Era Fefé Barranco, hija del gerente de La Cary, que había estado escondida tras la barra durante el espectáculo, atenta a los acontecimientos. Ella fue quien apagó las luces para nivelar la contienda. Odiaba al Negre y su orgullo vanidoso desenfrenado, casi tanto como el nombre de ‘Federica‘, que le había puesto su padre, se supone que como homenaje a la primera ministra anarquista Federica Montseny. De ahí el retoque de «Fe-de» y posteriormente «Fe-fé». El conocido pasado de Popeye (y sus sicarios del puerto), habían puesto en guardia a todas las bandas de la zona, ante la tentación de unirse con aquel portento de hija, aun siendo ella tan hermosa, de proporción áurea y espiral dorada. «Yo me atrevería a decir que su rostro encerraba un rectángulo dorado perfecto, desde la posición del ombligo con respecto a su altura, hasta la colocación de las articulaciones de sus dedos». La advertencia fue acatada sin rechistar, a su pesar (el de Fefé, claro). Desde entonces su futuro cotidiano fue el de Hestia, la magna mater de las diosas vestales, lo que la ‘hastiaba’ de sobremanera, hasta el punto de desafiar a su progenitor siempre que tenía ocasión.

La irrupción de la bella Fefé, hizo que todos trasladaran sus miradas hacia el sublime contorneo de sus caderas, donde permanecieron congeladas durante varios eones, para descansar a posteriori bajo la visión celéstica de unos ojos almendrados con fondo nácar, emitiendo reflejos iridiscentes en sus pupilas madreperla. Mientras la diosa Vesta hablaba, todos bajaron la guardia, enfundaron las dagas y escucharon boquiabiertos cada palabra con suma atención. Ella estaba acostumbrada a ser el foco de atención y, pese al incómodo desazón del viejo maqui, no disimulaba su satisfacción. Se atribuyó ser testigo directo de los sucesos, dando fe de que los de Torrefiel se comportaron de forma legal en todo momento. Acusó de vulneración de la ley de bandas por parte del Negre y los suyos, al iniciar la riña armados y sin mediar desafío, en número desproporcionado, con mujeres presentes en el bando contrario, y en un local neutral. Lo que encolerizó al quinqui de la Cruz Cubierta, que hizo ademán de abalanzarse sobre ella. Sin saber cómo pasó.. me vi interpuesto, interceptando su trayectoria. El Negre metió mano a su navaja, pero al poco desistió dando bufidos. Detras de mí se habían situado, con intenciones claras de salir en mi ayuda e impedirle el paso, El Javito, El Trompa, El Pelao y el mismísimo Popeye.

Tuvo que intervenir el menos indicado para salvar la situación, y ese no era otro que Evaristo Eloy, el ‘TJ‘ de los Hombres de Harrelson. Con monosílabos que apenas se le entendían, y pavoneándose de que tenía la manzana rodeada y tomada por sus efectivos, expuso que «la situación sólo tenía dos soluciones, o juraban todos que aquello se acaba allí y no iba a haber consecuencias, o acaban todos en el trullo de la calle Sangre«. Su farragosa homilía era acompañada de leves toquecitos a la parte de la cadera derecha donde se suponía que tenía colgada su pipa, una Smith & Wesson del 38. Era de cajón, que la intervención de Popeye y sus influencias en las altas esferas, habían tenido qué ver para que el pollo saliera prácticamente ‘gratis’. Ya empezaba yo a explicarme lo del «gen» dudoso. El susodicho prosapio del local, Juan Barranco, lanzó sendas miradas a los dos cabecillas, que permanecían frente a frente, con mi persona entremedias, como si fuera un entrepán invisible o no existiera. Ambos, sin bajar ni torcer la mirada, mantuvieron fijamente el contacto visual con el maqui, hasta el punto que hubieran fulminado en seco a cualquier moscón que se hubiera interpuesto en su línea de fuego. Tras dejar correr toda una eternidad dentro de un segundo, Popeye, hizo una señal de asentimiento que fue interpretada por El Pupas de la 26, como el fin de la reyerta.

Sin que los músculos se destensaran, empezaron a aflojarse los esfínteres y la saliva volvió a circular engrasando las lenguas. Como si nada hubiera pasado, empezaron a formarse corrillos. No entendía muy bien tanta normalidad después de lo que había sucedido. Pero al fin y al cabo yo era un recién llegado, un advenedizo, un convidado de piedra.. que no sabía que aquellas trifulcas eran el pan nuestro de cada día en los hipogeos más hondos y profundos del mundo de las bandas juveniles de la Valencia de la década gloriosa de los setenta. En esos pensamientos estaba, cuando noté un leve roce sobre mi glúteo derecho. Eran las yemas de los dedos de la diosa sumeria, transmitiéndome un mensaje subliminal. Fefé, con mucho más glamour que una estrella de Hollywood, me susurró al oído las palabras mágicas ‘tenemos que quedar’, mientras me apuntaba en la mano una dirección, un día y una hora. No pude disimular una ligera sonrisa al pensar que muy bien Walter Hill podría haberse basado en lo ocurrido en el Cary para documentar en 1984 su película de culto «Streets of Fire«, una fábula de rock atemporal, con atípicos héroes, en medio de un panorama de desenfreno y rock & roll. El papel de Raven Shaddock y los Bombarderos podría encajar con El Negre y sus zombis, y el de la diva Ellen Aim con Fefé, pero yo no me veía en la camisa de Tom Coddy. Además, dónde estaban McCoy y Billy Fish, eran irremplazables. (Continuará)

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

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