Bailando en Chalmun

El acceso a la sala se asemejaba a un portal esotérico oculto, que permitía el descenso de las almas perdidas a la sede del diablo, una gruta oscura y húmeda con traqueteo de luces. La discoteca Cary era todo un clásico en Ruzafa para los habituales que conocían su escondida ubicación. Para el resto de los mortales, no pasaba de ser un mito de dudosa existencia. La bajada a las profundidades la hacían invisible, sus túneles y galerías le daban la clandestinidad precisa para evitar a moscones y chusma innecesaria. El interior oscuro y cargado, la música estridente, el vaivén de las luces y en tintineo de los cubitos de hielo en los vasos de tubo, descubrían a los recién llegados su presencia en la afamada octava maravilla del ocio y el despiporre de los años setenta valencianos.

Las potentes torres disparaban sus cañones de millares de watios al ritmo bronco de Smoke on the Water de Deep Purple. La pista principal era un coctel de piratas, contrabandistas, cazarrecompensas, sicarios y androides, bailando en Chalmun, la cantina de Mos Eisley en el planeta Tatooine. Aunque «Figrin D’an y los Nodos Modales» no tenían nada que ver ni se parecían por asomo a la banda de hard rock de Hertford. No en vano la liderada por Ian Guillan era considerada en aquellos momentos la banda más ruidosa del planeta por el libro Guinness de los récords. Su música estaba sonando a todo trapo. Todavía hoy, su recuerdo me pone los pelos de punta. En aquellos años de adolescencia podía decirlo: Como era preceptivo lucía una abundante y larga melena a lo «Chewbacca».

Aunque aquel garito estaba en el territorio de las poderosas bandas de La Plata y Monteolivete, «La Cary» de Ruzafa era considerado territorio neutral, como lo es una iglesia consagrada para los entes diabólicos. Digamos que yo estaba allí como invitado de «El Javito», un compañero de los Salesianos que resultó ser todo un personaje de la banda de Torrefiel, el barrio donde yo vivía, recién llegado a Valencia con mis padres y mi hermano. El grupo lo formábamos el Javito, su lugarteniente el Trompa, sus respectivas «chicas», yo y el Pelao, una especie de guardaespaldas chaparro que era la sombra del capo. Mientras tomábamos posesión del mejor reservado, el Wuher de turno se nos acercó para tomar nota de la comanda: japonesa y sanfrancisco para ellas, y cubata de ron tocado con coca-cola para el resto. La noche se presentaba dabuten, ambiente good, buena peña, chicas, alcohol y Rock and Roll.

Hasta la Mily, la novia rubia teñida de mi amigo, me guió un ojo mientras éste estaba enfrascado en una discusión sobre el trucaje del carburador de una Derbi con los otros melenas. Hasta el punto, que nadie se dio cuenta de la entrada de un grupo numeroso de alienígenas zombis, que acababan de bajar por las escaleras y hacer acto de presencia, de manera sospechosa, sin pasar por el guardarropas para tomar la chapa. Todas las conversaciones finalizaron de repente. Immigrant Song de Led Zeppelin, también se calló, dando paso al repiqueteo anodino de la aguja rebotando con el surco final del disco. En la cabina se habían quedado mudos y mancos, o no se atrevían a pinchar nada. Sólo se oía el traqueteo mecánico de la bola de luces giratoria de la pista. Como si el deforme Jabba el Hut, enorme gusano de más de tres metros de pegajosa lengua, acabara de irrumpir con sus guardias Esquife, la sala se vació a la velocidad de una carrera de vainas en dirección a Alderaan. Mi sexto sentido me anunciaba bronca.

En cualquier otra ocasión, me hubiera esfumado, apropiándome del Halcón Milenario, si hubiera sido preciso. Pero ahora, no.. Era una cuestión de honor y de reglas, en aquel 1973 las bandas eran algo serio. Por eso, Javito tomó el mando y asumiendo los galones, mandó a Nina y a la Mily a que se refugiaran en la cabina del pinchadiscos. Por aquel entonces era lo habitual, las mujeres se ponían a salvo, era una pelea de gallos. Los cuatro salimos del reservado y nos situamos en el centro de la pista (como siempre yo era el más joven), dando la cara y presentando batalla a pecho descubierto. La banda de Torrefiel tenía un merecido prestigio en el concierto valenciano, habiéndose ganado el respeto tras lograr hacerse un hueco entre sus famosos y temidos vecinos de Barona y Benicalap. Era el momento de demostrarlo, como Wyatt Hearp y Doc Holliday en «Duelo a muerte en O.K. Corral».

El que hacía de Jabba, se adelantó unos pasos a la docena de cerdos Esquifes que le acompañaban, pertrechados con cadenas, puños metálicos y palos (si había navajas, no las vi), para anunciarnos que eran bichos de la banda de Monteolivete. El mensaje se resumía en que no toleraban que otra banda rival les faltara el respeto, ligando en sus locales y paseándose con la mercancía impunemente por su territorio. Dado que Ruzafa les había pedido protección, lo consideraban su zona y venían a ajustar cuentas para que no se volviera a repetir. El que acababa de hablar resultó ser el Negre de la Cruz Cubierta, un quinqui de más de dos metros, recién salido de la Modelo por robo e intento de homicidio al asaltar una alquería de Castellar.

Sin mediar palabra, el Pelao, separándose de nosotros, agarró la primera silla disponible, le dio una tremenda coz, arrancando una de las patas, y empuñándola como una falcata emitió un gruñido amenazante al grupo del Negre, iniciando la batalla. Sin saber cómo, empezaron a volar por encima de nuestras cabezas todo tipo de objetos: sillas, taburetes, bandejas, botellas, sofás, cubiteras, jarrones, piedras, cubos de basura, tapas de vater, etc.. El bullicio, los gritos, los golpes, las quejas, el ruido.. era ensordecedor. La oscuridad, junto con la intermitencia de los flashes, lo cubrió todo. El combate pasó muy deprisa, aunque al recordarlo me parece que fue eterno.

Recibí todo tipo de golpes, sin saber de donde venían. Me esforzaba por repartir, pero al sacudir a ciegas casi nunca daba en la diana. Cuando alcanzaba a alguien o a algo, sentía un fuerte escozor de nudillos, lo que me envalentonaba cada vez más. Cuando alguien me sacudía, notaba el regusto salado del sangrado del labio, o la falta de oxígeno por un golpe bajo. Entonces, emitía un grito de rabia y ponía al límite todo mi engranaje muscular, repartiendo a diestro y siniestro sin orden ni concierto. Durante esa pequeña tregua no solía recibir, sólo daba y escuchaba los gemidos de los contrarios. De vez en cuando se hacía la luz, y veía a las chicas, desde la cabina, repartiendo botellazos a todo el que se acercaba. El pinchadiscos se encargaba de aprovisionarlas convenientemente.

En uno de esos flashes luminosos, logré distinguir al Trompa deshaciéndose a base de efectivos mamporros de un trio de Esquifes que yacían despatarrados por los suelos. En otro impás lumínico, capté como el Pelao sacudía con el caño de un grifo a otro par de zombis de Monteolivete, uno acababa de perder varios dientes y otro se quejaba desde el asuelo por la patada de karate que acababa de recibir en sus partes nobles. Como podía imaginar, el Javito y el Negre se tenían que encontrar y solucionar la contienda en un cuerpo a cuerpo entre los capos. Y así fue. Volvió la oscuridad y los perdí de vista. Poco a poco bajó la intensidad de los enfrentamientos, dejaron de volar objetos, cesó el ruido y las voces, para dar paso al jadeo entre Aquiles y Hector. El final estaba cerca. (Continuará)

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

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