Figuras en papel cuché

Permanecí en aquel pueblo, entre cuyas piedras los linajes se remontan a la era del fuego y los metales, los primeros cinco años de mi vida. Pocos recuerdos tengo de entonces, salvo el frío, las ausencias y el vínculo a mis orígenes. La casa grande repleta de mujeres azarosas, trajinando sin descanso por cocinas y corrales. Negros calderos cociendo la fruta en verano y almacenándola en grandes tarros de cristal, de almíbar reluciente y dulce, para su degustación en inviernos de carencia. No recuerdo haber apreciado, entonces, ni una sola gota de sentimiento o emoción. Tampoco de odio. Era como si el amor, la alegría o la tristeza, estuvieran ocultos, esperando mejores momentos para darse a conocer. Estaba reciente el olor podrido de la postguerra. Crecí a la sombra de dos épocas, una en blanco y negro, y otra en color; que empezaba a despuntar, donde el mate aún se imponía al brillo.

Conocí a mi abuelo paterno por poco tiempo. Fui su primer nieto y el único que mantuvo el apellido en el contínuo transgeneracional. Sólo recuerdo su alta y espigada figura, inmortalizada a mi lado en muchas fotos en blanco y negro, sacadas de un original corroído y manoseado. El papel couché me traslada cincuenta años atrás. Me veo entrando en la casa, vacía de toda vida. Un oscuro silencio descubre estampas inertes plagadas de imágenes: <<Abuelo con boina y niño piripi a lo «Marcelino pan y vino». Con regalo familiar de época, un caballito de cartón con ruedas y lazo>>. Subido a él me siento el más feliz del vecindario. Encima de la mesa de mi imaginación, una botella de cristal tallado, en forma de ajo abombado, de alcohol de noventa grados. A su lado, un paquete añil de algodón hidrófilo arrollado. Justificando una vida ajada y enfermiza. Una ausencia, en cambio, para siempre eterna.

Al fondo, una sombra quebrada, una montaña rasgada por túneles y agujeros, donde habitan el dragón y el murciélago. A lo lejos, alaridos de fuego y sangre. En la cima, la coz del caballo de un rey cristiano haciendo brotar agua bendita de una roca, mientras tañe una antigua campana; bajo cuyo manto renace una hermosa virgen bizantina. Es tiempo de oración y recogimiento; hora de monjes de blancos atuendos, consagrados a la victoria de la última contienda. Espera la fama, se impone el valor en los guerreros, ondean las banderas y pendones, resuenan timbales y trompetas, es el momento de gloria de los caballeros. A lo lejos, la deseada fortaleza de plata se presta a la batalla, cuyo desenlace es la muerte y resurrección de una estirpe extraña de hombres y fieras. La Capital abre sus puertas al Rey y a todo aquel que a la luna venera. (Licencia de autor).

En verdad, los niños trasiegan, trasladando el griterío desde los patios escalonados de pinos y tierra, hasta la torre imponente de paredes encaladas; rematada por el aguijón de un pararrayos oxidado. El quejido de las nubes se hace sentir como un eco vacío en las escuelas de mi infancia. Profesores almidonados y funcionarios de peldaño bajo, se confunden con las manadas ingentes de niños sin freno en plena desbandada. Pantalón corto, moco en manga o colgando como un piñón de compota. Pelo a lo marcelino y babero a rayas descosido. Ese soy yo.. y otros cientos más. Aquel que señalo.. mi primer colegio. De pupitre de madera tallada y rallada, por generaciones de padres, hijos y abuelos del pueblo; que aprendieron la tabla de multiplicar midiendo la regla con las puntas de los dedos. Eran tiempos de silencio. Gobernaba el Nigromante.. Y el bullicio de los niños era lo único que perturbaba la paz de los cementerios.

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

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