Polvo de hadas

El primer recuerdo que tengo con los ojos abiertos son los barrotes amarillentos de una cuna de madera. En la foto, pequeñas columnas cuadradas desvencijadas a modo de mamparo para evitar las caídas. Nada franqueable para cortas aventuras o deslices impensables. Dentro de una habitación cuadrada sin florituras. A la derecha se adivina una ventana con mosquitera de seda dejando pasar un tenue rayo de luz apuntando a un suelo de baldosa de cerámica irregular. Al lado de la cuna una cama de matrimonio agradecida y clara, con diseño hojaresco de la época, contrachapada y curvilínea. Mesillas ovaladas a juego en un conjunto sencillo pero chocante con la sobriedad del recinto.

La cama deshecha induce a ausencia y mi silencio a soledad. El ambiente frío y húmedo cala los huesos como fiel compañero de fatigas en una largo peregrinaje hasta el hoy mismo. ¿Cuántas veces he tenido esta visión? La misma cama, el mismo rayo de sol construido a partir del reflejo de millones de partículas de polvo de hadas, la misma lámpara de bronce dorado en lo alto de un vacío, el mismo armario emparedado y cubierto por una sabana blanca a modo de compuerta para tapar su desnudez. La misma visión silenciosa y fría repitiéndose en el tiempo con ausencias desde los primeros días.

Era como la casa del portero, un acomodado palomar encastrado encima de la vivienda principal de mis abuelos paternos. Esta última, de amplio portalón y larga tirada. Como un sarpullido no deseado, fue edificada por mi padre y mi abuelo a golpe de exabruptos encima de la antigua cuadra. En un principio, hasta que se abrió puerta por la entonces anónima calle trasera, se tenía que pasar por el escusado, el gallinero y el establo antes de enfilar una empinada e insegura escalera de ladrillo y polipasto. Un tufillo verde oliva se dejaba conocer a todos los oriundos y visitantes de tan aparejada mansión. Con el transcurrir de los años, se tuvo que reforzar la estructura fijando un fuerte puntal de madera noble (que todavía sigue allí cumpliendo su misión) para aguantar las vigas irregulares que sostenían todo el tinglado, sin poder evitar el traqueteo ondulante del suelo producido por las propias pisadas de los inquilinos al desplazarse de una estancia a la contigua. En definitiva, una pequeña suite rural construida con las prisas de un injusto devenir, que acabó siendo mi primer hogar.

Mi infancia mas precoz recoge los sinsabores de un niño enfermizo, tímido y solitario, nacido a deshora, sin compañeros de juegos ni jerarquía de mando. Aunque fui el primogénito, bien poco pude ejercer el título a causa de ciertas sombras, rémoras y algún que otro parásito bien avenido. Los primeros años (que apenas recuerdo), transcurren sin epicentro fijo, rotando de un lado a otro, de unos brazos a otros, de susto en susto, de casa del médico a la propia y vuelta a empezar. Con una madre en exceso joven e inexperta, siempre en manos de la excelsa sabiduría de tías, tíos y demás parientes de la manada propia y ajena. Y un padre bastante mayor, sobrado de carencias, despechos y saldos pendientes para los suyos, con los que nunca saldó cuentas. Si lo hubiera hecho otro gallo nos hubiera cantado. Supongo que para ellos, en bastantes momentos de su vida, supuse una carga mal llevada (como tantos otros), sólo superada por sus propias limitaciones.

Con muy pocos meses, una especie de meningitis alérgica me llevó a las puertas de la muerte, acercándome por primera vez a la luz, pero la recién adquirida diligencia de mi madre y el raro acierto de un médico rural (o mi ángel de la guarda), me salvaron de lo peor. El mercurio llegó a alcanzar cuotas impensables mientras la órbitas de mis ojos se dispersaban en el vacío, y por la boca me brotaban burbujas de espuma blanca. Mi madre, pronto aprendió a superar adversidades y a forjarse una voluntad de hierro (la fiesta siempre iba por dentro o eso me parecía a mi), y supo mantener la calma en todo momento, rodeada por la negra vestimenta de tías y abuelas. Al fin el médico llegó y solucionó el desastre con algodón, alcohol y unas inyecciones de penicilina. Buenas raciones de pelargón me devolverían las fuerzas, haciéndome reemprender el camino por la vida. Cuánta desgracia para quienes están habituados a ella, o para quienes la heredan y la transmiten de generación en generación. Hasta que algún inconformista descendiente decide ponerle fin y los devuelve a la senda de la fortuna y la buena estrella.

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: