Donde sopla el levante

Vine al mundo accidentalmente un frío 26 de febrero, yendo a parar a un pueblecito mediterráneo de menos de tres mil habitantes. Situado a un tiro de piedra de la capital, a los pies de una omnipresente sierra ibérica, cuyo nombre evocaba a una famosa diva de la ópera que fue cortesana de un rey. Cuyos amantes se veían en secreto en un palacete escondido en las entrañas de la sierra. Iba tantas veces el monarca a visitar a su cortesana, que su nombre se quedó grabado de por vida asociado a aquellos montes. Mi vida siempre ha estado zurzida y conectada a esos cerros interminables, que como una lengua de fuego se inyecta en dirección al mar; a modo de balsa de salvación, en medio de pútridos y malolientes pantanales; convertidos posteriormente por la mano del hombre en fértiles huertas.

La fecha de mi nacimiento fue la causa de muchos problemas administrativos, que siempre me han perseguido. Lo que marcó mi propio devenir. Digo esto porque estuve muchos años sin enmendar el error de mi padre, quien me apuntó en el registro civil con la misma fecha que me inscribió, es decir, dos días más tarde. A todos los efectos fui inscrito con fecha 28 de febrero, un poco más y celebro mi cumpleaños solo los años bisiestos. Estaba claro que lo fuerte de mi padre nunca fueron las gestiones administrativas, ni siquiera las gestiones a secas, ya que él siempre fue un hombre de acción y no de letras. A todas luces, mi padre era un ser especial, sobre todo para aquel que llegaba a conocerlo, lo que no era nada fácil.

Tampoco nací donde tocaba, ya que ni mis padres ni sus respectivas familias residían en la citada población. Es más, menos esa vez, nunca lo hicieron. Todavía hoy me pregunto que hacíamos mi madre y yo allí, lejos de los nuestros, y no acierto a responderme con coherencia. Hasta me daba vergüenza pronunciar el nombre del pueblo, más musulmán que cristiano. Como se ha dicho muchas veces, hubo una época en la que en este bendito país no cabía más idioma que el oficial, y lo demás era la evidencia de un manifiesto complejo de inferioridad que padecíamos quienes no habíamos tenido la suerte de nacer en la capital y hablábamos la lengua del pueblo. Lo más curioso del caso es que si tuviera que señalar hoy en día mi lugar de nacimiento no sabría hacerlo con exactitud. ¡Vaya raíces las mías!

Para ir situándonos, debo decir que desciendo por lado paterno de una familia de comerciantes panaderos afincados en una histórica villa, desde donde un famoso rey conquistador cristiano arrebató las mejores tierras de Levante a los moros, allá por el siglo XIII. Nada que ver con la anterior. Un monasterio medieval, conmemorativo del evento, preside un recinto escasamente poblado asentado sobre cuatro colinas. En la más alta todavía se pueden adivinar los restos de un viejo castillo que perteneció a un tío del rey, conjuntamente con trincheras y refugios de la guerra civil. En otra destaca el torreón encalado de las escuelas públicas, donde estudié en mi infancia más precoz. Al lado, una pequeña ermita encalada desde donde se puede observar el mar. La cuarta colina ya no existe, fue demolida piedra a piedra y sus restos sirvieron para construir el espigón de un puerto cercano. Cabe destacar que allí mismo se encontraron las ruinas de un poblado íbero del segundo periodo de la edad de hierro, con lo que queda demostrado que en aquel lugar siempre ha vivido gente desde ni se sabe cuando.

Aunque por ambos lados todos son nativos de esta bendita tierra donde sopla el Levante, según he podido averiguar con posterioridad, desde hace varias generaciones mis ancestros paternos son originarios del Norte, de las montañas cantabro-astures. Emigraron del Cantábrico al Mediterráneo hace casi dos siglos, coincidiendo posiblemente con la guerra de Cuba. Perdí el rastro de la familia de mi abuelo materno, de quien heredé el nombre, en la Castilla profunda de la trasumancia de los valles burgaleses y sorianos que recorren de norte a sur la cordillera ibérica y por cuyo eje discurre el camino del Cid. Por parte femenina, las dos líneas descienden inequívocamente de raíces netamente moras, como la mayoría de la población de la comarca que habita esta fértil tierra, entre las riberas de los ríos que vierten sus aguas al mar Mediterráneo. En todos los casos, tanto los unos como los otros, sufrieron en su propia carne, como componentes del bando perdedor, los sinsabores de la reciente guerra civil española, marcando irremediablemente sus vidas, las nuestras y las de las generaciones venideras. Pero eso es otra historia..

Publicado por H.D. Cooper

Avatar: escritor, creativo, publicista, pintor y bloguero. Nacionalidad: ciudadano de Ubertnia. Objetivo: generar realidad cada atemporal instante. Deseo: ofrecer amor y servicio a todos los seres vivientes. Frase: hoy es un gran día.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: